Mal aliento y estómago: Bujará encontró el origen antes de 983, y casi siempre es tu boca
Bujará, una mañana del siglo X. Antes de decirle una palabra a nadie, una mujer desenvuelve un paño pequeño y se pone en la lengua una pastilla oscura. El sabor llega por capas: el calor del clavo, el amargor de la cáscara seca de bergamota, la tierra de la valeriana, la resina del agar, un filo fino de vinagre y, por encima de todo, el dulzor del almizcle. La receta es exacta: un deramsang, unos 4,6 gramos, de cada uno, y la mitad de almizcle. Su médico escribió que la pastilla se toma en la boca cada mañana.
Pero la pastilla no era su verdadera respuesta. Antes de recetarla, hacía la pregunta que la mayoría seguimos saltándonos cuando un amigo da medio paso atrás: ¿de dónde viene el olor? Nombró tres causas del mal aliento. El estómago, cuando lo acompaña una fiebre alta. Los pulmones. Y los dientes; y para un diente que era el origen, su indicación no era un perfume. Era que había que extraerlo.
Causas del mal aliento: un médico de Bujará nombró tres orígenes
Se llamaba Abubakr Rabiʿ ibn Ahmad al-Akhawayni al-Bujari, murió hacia 983, y su libro, el Hidayat al-Mutaʿallimin fi al-Tibb —la Guía del aprendiz de medicina—, tiene 185 capítulos. Dos tratan de la boca. En ellos hay nervios, encías, gárgaras de vinagre, una lanceta que se pasa alrededor del diente para separar el nervio, el humo de semillas de beleño quemadas para adormecerlo y la extracción solo como último recurso. Clasificó la boca dolorida en tipos —con enrojecimiento, con manchas pálidas y una úlcera corrosiva de la mejilla— y es uno de los pocos autores de cualquier época que describe cómo cortar el nervio dental para detener el dolor.
Lo que no contienen es un gusano. En esa misma época, y durante siglos después, se mantuvo la creencia de que un gusano dentro del diente causaba la caries y el dolor —una idea escrita ya en una tablilla de arcilla babilónica—, y en Europa sobrevivió hasta el siglo XVIII, hasta que Pierre Fauchard la rechazó en Le Chirurgien Dentiste en 1728. Un lado del mapa tenía un monstruo en la boca. El otro tenía una dirección.
Cómo lo supo Bujará sin microscopio
Sin microscopio, sin una palabra para las bacterias. Lo que tenía era la herramienta más antigua del empirista: probar, observar y anotar solo lo que funcionaba. «He tratado a muchos de estos pacientes», escribió, «y lo que he mencionado aquí son métodos que he experimentado yo mismo». Para las encías inflamadas mandaba frotarlas con lino áspero y vinagre hasta que sangraran y luego enjuagar: tosco, y nada que nadie deba copiar, pero apuntado al tejido correcto. Al-Razi, que trabajó una generación antes en Rey, había recomendado lo mismo.
¿Por qué pasaron entonces mil años antes de que esto llegara a un lector europeo? Porque escribió en la lengua equivocada. Los gigantes de su mundo —al-Razi, al-Majusi, Ibn Sina— escribían en árabe, y sus libros se tradujeron al latín. Akhawayni escribió en persa, la lengua que la corte samánida (875–999) estaba haciendo renacer. Su libro es el tratado médico más antiguo en persa. Su copia más antigua conservada, hecha en 1058, está en la Biblioteca Bodleiana de Oxford; una edición crítica, preparada por Jalal Matini, no apareció hasta 1965, en Mashhad. El conocimiento no se perdió. Simplemente nunca se tradujo.
Estómago, pulmones o boca: lo que dicen los números
El aliento solo se pudo medir en el siglo XX, cuando el olor se atribuyó a compuestos sulfurados volátiles liberados por bacterias. En 2009, una clínica multidisciplinar del mal aliento en Lovaina, Bélgica, publicó los registros de 2 000 pacientes consecutivos. La mayoría había llegado sin derivación y, de media, llevaba siete años con la molestia. En el 76 % la causa estaba en la boca, y la causa individual más frecuente era la saburra del dorso de la lengua: 43 %. Oído, nariz, garganta y otros órganos sumaban juntos el 4 %. Y el 16 % no tenía ningún mal aliento que la clínica pudiera detectar: estaban seguros de tenerlo, y ese miedo tiene nombre propio en el artículo: halitofobia.
Una revisión de 2012 da un reparto parecido: cerca del 85 % desde la boca, cerca del 10 % desde oído, nariz y garganta, y cerca del 5 % desde el estómago y las hormonas. Así que el mal aliento de estómago, el sospechoso que más se busca, es real, y raro. Akhawayni lo puso el primero de su lista. Los números ponen primero los dientes, las encías y la lengua. Su diagnóstico acertó en un tercio, y ese tercio resultó ser tres cuartas partes del problema.
El puente: clavo, eugenol y el límite de una pastilla
La molécula que cruza los mil años es el eugenol, el principal compuesto aromático del clavo. En un estudio de laboratorio de 2017, el eugenol del aceite de clavo detuvo a Porphyromonas gingivalis, una bacteria de la enfermedad de las encías, a 31,25 µM rompiendo su membrana: en una placa, no en una boca. La honestidad exige la otra mitad: en una prueba de 2019 con ocho enjuagues en 90 personas, un enjuague de cloruro de zinc redujo el mal olor más rápido, y los enjuagues a base de alcoholes, mentol, timol y eugenol hicieron menos. El clavo no es un desodorante. Su acción medida es sobre las bacterias, y el mal aliento se corrige en el origen, no por encima.
Y ahora, la parte que va contigo. Mañana por la mañana, cuando te preocupe tu aliento, tu mano buscará algo. Será o un caramelo de menta —la pastilla de almizcle con envoltorio moderno— o el origen. No es una cuestión de frescor. Es una cuestión de en qué siglo vive tu cuarto de baño.
El origen, para la mayoría, está al alcance de un espejo. Limpia el dorso de la lengua, donde el 43 % de los pacientes de Lovaina tenía la causa: así se usa un limpiador lingual. Cepilla el borde de la encía, donde viven las bacterias de la enfermedad de las encías. Para ese cepillado, DETOX lleva extracto de clavo, 0,2 %, la misma fuente de eugenol que entraba en la pastilla de Bujará, con extracto de corteza de canela de Ceilán, 0,8 %, pirofosfato de sodio como ingrediente antisarro, y sin SLS ni flúor en su fórmula. Si tras una semana así el aliento sigue mal, ve primero al dentista y después al médico: en ese orden, como dicen los números.
Esta semana, mírate la lengua a la luz del día antes de comprar otro caramelo de menta.
El mal aliento nunca fue un olor que tapar. Era una dirección, y Bujará la escribió mil años antes de que empezáramos a buscarla.