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Artículo · 8 min

Quién inventó el cepillo de dientes, y por qué el torno llegó mucho antes

Una mujer de poco más de cincuenta años se acerca al espejo del baño con luz plana de la mañana, sostiene el móvil con la linterna encendida junto a la mejilla y aparta con la yema de un dedo la comisura del labio mientras examina una muela en su propio reflejo.

En la Toscana hay un diente con un agujero, y el agujero se hizo a propósito. No por caries: lo hizo una persona, con una herramienta, sobre alguien que estaba vivo y que probablemente no lo disfrutó. La datación directa por radiocarbono sitúa a su dueño entre hace 13 000 y 12 740 años. Los dos incisivos centrales superiores tenían la cámara pulpar abierta y ensanchada antes de morir. Al microscopio, pegado a las paredes internas, hay un conglomerado de betún, fibras vegetales y lo que los autores llaman con prudencia pelos probables. Un empaste. Hace trece mil años alguien en los Apeninos limpió una pulpa infectada y rellenó el hueco con lo que tenía a mano.

Retenga la fecha, porque la pregunta que la gente escribe de verdad es otra: quién inventó el cepillo de dientes. La respuesta toma un camino incómodo. El cepillo llega tarde. Muy tarde. Y el motivo no es el que usted supondría.

El torno es más antiguo que la escritura

El diente toscano no es un excéntrico aislado. En 2006 un equipo describió once coronas de molar perforadas en nueve adultos de un cementerio neolítico de Mehrgarh, en el actual Pakistán, con una antigüedad de entre 7 500 y 9 000 años. Perforadas en vida, sobre la superficie de masticación, con útiles de punta de sílex como los que allí ya se usaban para hacer cuentas. Algunos agujeros muestran desgaste interior: sus dueños siguieron masticando durante años. Ahí está lo que debería detenerle. Un individuo hábil es una anécdota. Once dientes en nueve personas a lo largo de unos quince siglos en un mismo sitio son un oficio.

Una lámina construida: una columna de excavación de seis estratos, lo más reciente arriba, con un objeto dibujado en sección junto a su fecha en cada estrato — filamento de nailon 1938, cepillo de cerda de jabalí 1498, palito de masticar, molar perforado, incisivo empastado y surco de palillo hace 49 000 años; los tres más antiguos marcados como daño y los tres más recientes como objeto.
Todo lo que el registro sabe datar es algo que salió mal.

Ahora busque el cepillo

Busque en ese mismo registro el objeto que habría evitado todo esto y el rastro se enfría al instante. Lo más antiguo que puede sostener en la mano es un palito de masticar: una ramita de doce o quince centímetros, masticada por un extremo hasta que las fibras se abren en un haz. La fecha convencional es alrededor de 3500 a. C. en Mesopotamia; unos cinco mil quinientos años, es decir, siete mil quinientos años más joven que el empaste toscano. El cepillo de cerdas que usted reconocería aparece en China en 1498: cerda de jabalí montada en un mango de hueso o bambú. La producción en serie espera a William Addis, en Inglaterra, hacia 1780. El filamento de nailon que tiene ahora mismo en la mano llega de DuPont en 1938, vendido como Doctor West’s Miracle Tuft. O sea que el torno le saca milenios al cepillo, y se le invita a concluir que nuestros antepasados reparaban dientes que nunca limpiaban.

Esa conclusión es falsa, y el modo en que es falsa es justamente lo interesante.

La limpieza más antigua que conocemos es una cicatriz

En 2016 tres investigadores examinaron 204 dientes aislados de neandertal: de El Sidrón, en España, un grupo datado en unos 49 000 años, y de Hortus, en Francia. Cerca del cuello del diente, en las caras que miran al vecino, encontraron finas microestrías paralelas, y reprodujeron las mismas marcas experimentalmente con tallos de hierba. Surcos de palillo. Los tenían ocho de los nueve individuos de Hortus y nueve de once en El Sidrón; además de los molares aparecieron en 21 incisivos y caninos. Hace cuarenta y nueve mil años la gente se limpiaba entre los dientes: con constancia, durante el tiempo suficiente y con la fuerza suficiente para desgastar un canal en el tejido más duro que fabrica el cuerpo. No se conserva ni uno solo de sus palillos. Sabemos del hábito únicamente porque dejó una herida.

Todo lo que sabemos datar es un fracaso

Ésa es la forma de todo el registro, y cuando se ve ya no se deja de ver. Un molar perforado sobrevive porque es un agujero. Un empaste sobrevive porque es un cuerpo extraño incrustado en el esmalte. Un surco sobrevive porque es desgaste. Mientras tanto el tallo se pudre, la ramita se pudre, la cerda se pudre — y, mucho más importante, un diente que simplemente se mantuvo limpio es idéntico a un diente que nunca tuvo problemas. No entra en ningún catálogo. No lleva fecha. Es indistinguible de la suerte.

Fíjese en lo que eso hace con la precisión. La arqueología le dice, con un margen de 260 años, cuándo le abrieron los incisivos a un hombre de los Apeninos. No le dice ni con una década de margen cuándo entró en producción el cepillo moderno: las fuentes inglesas dan 1770 y 1780 para el mismo hombre en la misma cárcel, y a casi nadie le importa, porque un cepillo que funciona no es un acontecimiento. El objeto con la fecha nítida tiene trece mil años. El de la fecha borrosa tiene doscientos cincuenta.

Su propia boca lleva exactamente la misma contabilidad

Pruébelo consigo mismo. Sabe nombrar sus empastes. El malo, seguramente con año, sillón y sonido. Ahora nombre una sola mañana que impidiera los demás. Ha tenido unas quince mil y no dispone de ninguna. Los dos minutos no dejan recuerdo por la misma razón por la que la ramita no deja objeto: no pasó nada. Y lo que produce nada de forma fiable se abandona con facilidad, porque abandonarlo también produce nada — durante un tiempo.

Ésa es la asimetría, y no se inclina a su favor. El coste de los dos minutos es pequeño, seguro, se paga a diario y se olvida en una hora. El coste de saltárselos es grande, incierto, se retrasa años y acaba llegando como un objeto fechado dentro de su mandíbula que recordará el resto de su vida. No elige entre dos resultados. Elige entre uno que nunca notará y otro que nunca olvidará. Y ahora mismo, se incline como se incline, ya está eligiendo.

Qué cambió de verdad en quinientos años

De la idea, casi nada. El cepillo de su baño es un objeto de 1938 con una idea de 1498: un haz de fibras rígidas en un palo, pasado por donde el diente se encuentra con la encía. Lo que cambió es la fibra. La cerda de jabalí retenía agua, se ablandaba de forma desigual, se abría en la punta y no admitía especificación; el nailon sí. Por eso el estante le ofrece dureza como una opción. Nuestro SENSITIV está construido con filamento DuPont Tynex® y se declara un 48 % más suave que el nailon estándar, con puntas redondeadas: un número que no podía existir mientras la cerda seguía siendo un animal. Elija en ese eje como sugiere el registro: por la superficie que protege, no por la sensación de haber frotado a fondo.

El neandertal de Hortus metió un tallo de hierba entre dos molares todos los días durante años, y el único monumento a ese esfuerzo es el surco que el propio esfuerzo abrió en el diente. Tampoco a sus mañanas acertadas les levantará nada un monumento dentro de su boca. La arqueología de los dientes está escrita entera en daños, y el único capítulo que depende de usted es el que no dejará ningún rastro.