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Arqueología dental · 5 min

¿Las joyas dentales son malas? Las piedras mayas duraron 1 000 años y los dientes pagaron

En el almacén de un museo, una conservadora con guantes blancos de algodón mira con una lupa de latón un cajón abierto que guarda un fragmento de mandíbula antigua y dos pequeños discos de jade verde.

Las joyas dentales y los brillantes en los dientes parecen una moda nueva. No lo son. En algún cajón de un museo hay un incisivo humano con una pequeña piedra verde incrustada. La piedra lleva ahí más de mil años. Ha sobrevivido a la persona, a su ciudad y a su idioma. Por eso mismo no es lo que hay que mirar. La piedra es la superviviente. La pregunta es cuánto le costó al diente.

Entonces, ¿las joyas dentales son malas? Primero la respuesta corta: la piedra, rara vez. El daño vive en el borde entre el adorno y el esmalte. El ensayo más largo sobre esa idea no lo hizo una clínica, sino los mayas. Cuando investigadores de Yucatán compararon 193 dientes con incrustaciones y 211 sin tratar de la misma región y época, había caries en el 18,5 % de los dientes adornados y en el 1,4 % de los sencillos.

Los mayas hicieron la prueba más larga de joyas dentales

Hace entre unos 1 800 y 500 años, en los periodos Clásico y Posclásico, artesanos mayas tallaban con herramientas de piedra pequeñas cavidades redondas en el esmalte de los dientes delanteros y colocaban discos de jadeíta, obsidiana o pirita. El esmalte es el tejido más duro que fabrica el cuerpo, y lo perforaban sin un solo instrumento moderno. La mayoría de esas incrustaciones siguen en su sitio. El cemento aguantó más de lo que duran casi todos los edificios.

¿De qué estaba hecho ese cemento? En 2022 un equipo analizó ocho muestras de tres sitios mayas clásicos: Holmul en Guatemala, Baking Pot en Belice y el valle de Copán en Honduras. Encontró resinas de pináceas, un probable aceite esencial de la familia de la menta, un preparado de asteráceas y betún. Los autores sugieren que la mezcla pudo tener propiedades antibacterianas y antiinflamatorias. Un pegamento que además peleaba contra la boca.

Seguro que ha visto esas fotos: un cráneo, una fila de dientes, un punto verde perfecto en cada uno. Uno admira la piedra y la precisión. Casi nadie mira el diente que la rodea. Esa es la trampa que tiende todo superviviente.

Lo que pasó debajo de la piedra

Los 193 dientes con incrustación pertenecían a 107 personas. Frente a los dientes sin tratar, la caries fue unas trece veces más frecuente: 18,5 % frente a 1,4 %. La infección en la punta de la raíz, la que termina en absceso, fue unas diez veces más frecuente: 19,2 % frente a 1,9 %. La pulpa calcificada apareció en el 59,8 % frente al 44,5 %. Y los mismos autores concluyen que, de media, el cemento sellaba de forma excelente. Las dos cosas son ciertas a la vez, y esa es la lección.

Un estudio con microtomografía de seis dientes con incrustación de unos 1 600 años, procedentes de Guatemala, mostró de dónde venía la diferencia. En los caninos, la cavidad para la piedra nunca llegó a la pulpa. En los incisivos superiores la atravesó hasta la cámara pulpar. El mismo taladro, los mismos artesanos, otro diente. El riesgo nunca estuvo en el jade. Estuvo en cuánto diente quedaba entre la piedra y el nervio.

Lámina construida: un incisivo cortado a lo largo con una piedra de jade en una cavidad perforada que llega a la pulpa rosada, junto a las cifras de caries e infección de la raíz en dientes mayas con incrustación.
La piedra es la superviviente. Mire el diente.

Dos detalles más del recuento de Yucatán merecen guardarse. La reabsorción interna, cuando un diente empieza a disolver su propia raíz desde dentro, apareció en el 2,2 % de los dientes con incrustación y en ninguno de los sin tratar. Y la edad al morir no cambió de forma significativa ninguna de estas cifras: los dueños mayores de dientes adornados no estaban peor que los jóvenes. Lo que decidió el resultado no fueron los años que se llevó la piedra, sino en qué diente se puso.

¿Las joyas dentales dañan los dientes hoy?

Una joya dental moderna no se perfora. Una revisión de la facultad de odontología de Berna describe la habitual como un pequeño adorno pegado a la superficie del diente con un adhesivo. Eso elimina el peligro que más dañó a los mayas: la puerta abierta a la pulpa. No elimina el que la misma revisión nombra sin rodeos: los adornos en los dientes favorecen la acumulación de placa. Toda piedra tiene un borde, y un borde es un escalón donde las cerdas saltan y la película se queda.

Si ya lleva una, conoce la sensación: la lengua encuentra la piedra cien veces al día y el cepillo, por algún motivo, nunca. La joya es la parte del diente que más mira en el espejo y menos limpia en el lavabo.

La asimetría es lo que las fotos esconden. Si cuida el borde, la piedra le cuesta un poco de atención dos veces al día. Si lo olvida, paga el esmalte, que no vuelve a crecer, bajo una piedra que se verá perfecta todo el tiempo. Cepille el contorno de la joya, no solo la cara del diente. Incline las cerdas hacia la junta. Y que su dentista revise ese diente en cada visita, porque lo que pasa bajo un adorno es justo lo que el espejo no enseña.

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Nuestro cepillo SENSITIV lleva filamentos ultrasuaves DuPont Tynex®, un 48 % más suaves que el nailon estándar y con puntas redondeadas. La suavidad no vuelve seguro un borde; la atención sí. Una punta suave y redondeada le permite volver a la misma junta cada mañana y cada noche sin pensarlo dos veces.

La piedra maya sobrevivió a su dueño mil años. Su tarea es más pequeña: que el diente bajo su joya sobreviva a la moda.